El melasma es una hiperpigmentación crónica adquirida que se manifiesta como manchas marrones o grisáceas, principalmente en mejillas, frente, labio superior y mentón. Está asociado a radiación UV, luz visible, predisposición genética y factores hormonales. A diferencia de otras manchas, el melasma tiene un comportamiento recurrente y una fuerte influencia inflamatoria y vascular, lo que condiciona sus resultados terapéuticos.
¿SE CURA DE FORMA DEFINITIVA?
Una de las principales expectativas irreales es pensar que el melasma “se cura” de forma definitiva. En realidad, se controla. Incluso tras tratamientos exitosos, la reactivación es frecuente si no se mantiene fotoprotección estricta y protocolos de mantenimiento. Es fundamental entender que el objetivo clínico es disminuir intensidad y prevenir recaídas, no eliminarlo para siempre.

El tratamiento de primera línea suele incluir despigmentantes tópicos como hidroquinona, ácido tranexámico, ácido kójico o retinoides, combinados con protector solar de amplio espectro con filtro para luz visible (óxidos de hierro). La constancia es determinante: los cambios visibles suelen aparecer después de 8 a 12 semanas de uso disciplinado.
En cuanto a procedimientos, peelings químicos superficiales y tecnologías láser pueden ayudar, pero deben indicarse con extrema precaución. Equipos mal seleccionados o energías inadecuadas pueden inducir inflamación y empeorar la pigmentación (hiperpigmentación postinflamatoria). No todos los láseres son apropiados para todos los fototipos.

Dispositivos como Fraxel o láseres de baja fluencia pueden ser útiles en protocolos específicos y bien controlados, pero nunca deben considerarse soluciones únicas. El melasma requiere un enfoque multimodal y progresivo, no intervenciones agresivas aisladas.
Un aspecto frecuentemente subestimado es el componente hormonal. Embarazo, anticonceptivos orales y alteraciones tiroideas pueden influir en la persistencia del cuadro. En algunos casos, el ácido tranexámico oral —bajo supervisión médica— puede integrarse como parte del tratamiento, especialmente en melasma resistente.

También es importante abordar la inflamación subclínica y el daño en la barrera cutánea. Una piel irritada responde con mayor pigmentación. Por eso, exfoliaciones excesivas, mezclas caseras o sobreuso de activos pueden sabotear los resultados. El equilibrio es más efectivo que la agresividad terapéutica.
En síntesis, la realidad del melasma implica manejo a largo plazo, disciplina en fotoprotección y expectativas realistas. Los mejores resultados se obtienen cuando el paciente entiende que el tratamiento es continuo y personalizado. Más que buscar una solución inmediata, el enfoque correcto es una estrategia sostenida y científicamente guiada.
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